T-MEC bajo la lupa: riesgos, oportunidades y el reto para México

Columna INA
Gabriel Padilla Maya.
Diciembre 23, 2025
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La revisión del T-MEC prevista para el próximo año invita a reflexionar con serenidad, pero también con claridad, sobre lo que está en juego para la industria automotriz, la integración productiva y la competitividad regional de Norteamérica. Más que evaluar un acuerdo comercial, se trata de proteger el andamiaje que sostiene la mayor integración productiva del hemisferio y uno de los ecosistemas industriales más complejos del mundo. La industria automotriz representa alrededor del 22% del comercio total bajo el T-MEC, una cifra clave que refleja la complementariedad entre México, Estados Unidos y Canadá.

En cada vehículo ensamblado, procesos productivos y componentes industriales convergen y cruzan múltiples veces las fronteras antes de llegar al consumidor final. Por ello, cualquier modificación a este equilibrio tiene efectos inmediatos en inversiones, empleo y precios, así como en la competitividad global del sector.

A poco de concluir 2025, la discusión sobre la revisión del tratado ocurre en un momento especialmente sensible para las reglas de origen, el Capítulo 4 y el Anexo 4-B del T-MEC. Estas disposiciones han demostrado ser complejas y difíciles de cumplir, sobre todo para las pequeñas y medianas empresas proveedoras. Esta complejidad no es solo técnica: determina si un producto puede acceder al comercio libre de aranceles que ha impulsado la expansión del sector durante décadas. Desde enero de 2025, por ejemplo, Estados Unidos aplica tarifas de 25% a autos y autopartes provenientes de México y Canadá que no cumplen con estas reglas, mientras que a mediados de año los vehículos y refacciones importados desde Japón, Corea del Sur y la Unión Europea enfrentan aranceles del 15%.

Este escenario genera una clara asimetría competitiva que incrementa los precios, reduce las ventas y presiona sobre el empleo y las decisiones de inversión. El caso estadounidense ilustra la dimensión del desafío: sus empresas de autos y autopartes emplean directamente a 436,000 personas, mientras que el sector completo sostiene 9.6 millones de empleos.

Ante este panorama, las empresas mexicanas deben acelerar su cumplimiento normativo de las reglas de origen. No se trata solo de evitar aranceles, sino de consolidar el papel estratégico de la industria nacional en la región. Las compañías que no ajusten procesos y certificaciones enfrentarán mayores costos y pérdida de competitividad. Actualmente, alrededor del 60% de los productos de la industria automotriz mexicana cumplen con las reglas del T-MEC, y se estima que para 2026 lo hará el 80% de las importaciones automotrices hacia Estados Unidos.

El riesgo es concreto: si México no preserva su acceso preferencial o enfrenta esquemas arancelarios distintos, el mercado estadounidense podría incrementar importaciones de autos compactos desde Japón, Corea del Sur o la Unión Europea, lo que desplazaría vehículos fabricados en México que ya integran un alto contenido estadounidense. Por ello, nuestro país debe llegar a la revisión con una posición firme y propositiva: mantener el acceso sin aranceles y fortalecer la producción regional que sostiene la competitividad de toda Norteamérica.

Al firmarse el T-MEC en 2018, Estados Unidos acordó exentar de restricciones de la Sección 232 hasta 2.6 millones de vehículos mexicanos al año, siempre que cumplieran las reglas de origen. Ese mecanismo, que en su momento ofreció estabilidad, hoy puede convertirse en la base de un instrumento más robusto: una cuota arancelaria que preserve la competitividad regional incluso si otros elementos del tratado se modifican. El objetivo central es mantener a Norteamérica como una plataforma productiva integrada, no como mercados fragmentados.

Este enfoque coincide con las preocupaciones de fabricantes globales que operan en la región. Varias de las principales compañías han señalado que la estabilidad del T-MEC es esencial para liberar inversiones detenidas por la incertidumbre, recursos significativos que dependen de reglas claras y previsibilidad. También ha surgido inquietud respecto a insumos extrarregionales que buscan ingresar a Estados Unidos a través de México o Canadá. La respuesta sectorial coincide con la postura histórica de nuestra industria: un frente común resulta más eficaz que esfuerzos aislados.

La revisión del T-MEC no es un examen del pasado, sino una decisión de futuro. La industria automotriz mexicana ha demostrado que la integración regional con Estados Unidos y Canadá es un activo estratégico. La tarea es asegurar que esa integración permanezca vigente ante nuevas tecnologías, nuevos modelos de negocio y un entorno comercial más exigente. Si la revisión reafirma los principios de competitividad, certidumbre y colaboración, se construirá no solo un mejor acuerdo, sino un mejor futuro para la industria que ha sido pilar del desarrollo de Norteamérica.

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