En ambientes críticos como quirófanos, laboratorios farmacéuticos o líneas de producción electrónica, la elección del uniforme adecuado no es una cuestión de imagen, sino un factor determinante para la seguridad del proceso, del producto y del operador. Lejos de ser un mero requisito estético o institucional, la ropa que se utiliza dentro de un cuarto limpio puede prevenir desde fallas electrónicas hasta infecciones postoperatorias.
Esa fue la principal conclusión del webinar organizado por Mexico Industry, “Más allá de la imagen: El impacto del uniforme en la bioseguridad y el control de partículas”, impartido por el ingeniero Matías Aliseda Llera, director comercial de ESTATEC, quien compartió más de dos décadas de experiencia en el control de descargas electrostáticas (ESD) en sectores de alta especialización.
Durante su presentación, Aliseda explicó que el cuerpo humano es responsable de más del 60 % de los contaminantes en un cleanroom. Esa cifra convierte al uniforme en una primera línea de defensa frente a partículas, microorganismos y cargas que pueden comprometer la confiabilidad de un producto o el bienestar de un paciente. “Todo genera estática porque todo está hecho de átomos. Lo importante no es evitarla, sino disiparla”, puntualizó.
Disipación electrostática en uniformes industriales
Los uniformes disipativos están fabricados con tejidos de poliéster con un pequeño porcentaje de hilos de carbón, lo que permite drenar cargas eléctricas a tierra de forma segura. Esta propiedad los distingue de los mal llamados “antiestáticos”, que únicamente buscan evitar la generación de carga, muchas veces mediante aditivos que se degradan con el tiempo o el uso.
De acuerdo con el especialista, usar telas inadecuadas —como las de tafeta 100% poliéster— puede agravar el problema: no emiten partículas visibles, pero sí atraen contaminantes por acumulación electrostática. Esto las convierte en una amenaza invisible en procesos sensibles, como la fabricación de semiconductores o la atención médica.
Además del uniforme, el calzado, las sillas, los pisos e incluso los niveles de humedad relativa deben considerarse en el diseño de un ambiente seguro. “Un cuarto limpio con solo batas es un cuarto limpio a la mitad”, explicó Aliseda, al subrayar que lo ideal es cubrir completamente el cuerpo del personal, especialmente en entornos de clase ISO 8 o menores.
Certificación de uniformes y normativas internacionales
El evento también sirvió para destacar la importancia de exigir certificaciones formales a los proveedores, especialmente pruebas de desempeño realizadas a 12 % de humedad relativa, condición estándar para validar la verdadera eficiencia disipativa de una prenda.
En México, la actualización de la NOM-017-STPS reconoce ya a los uniformes industriales como parte del equipo de protección personal (EPP). Esto representa un avance regulatorio que obliga a las empresas a revisar su estrategia de seguridad, no solo desde la funcionalidad, sino desde la conformidad técnica.
A nivel internacional, normas como la ANSI/ESD S20.20 y la TR-53 ofrecen marcos de referencia sólidos sobre los criterios que deben cumplir las prendas, superficies y equipos en industrias donde una descarga de apenas 100 volts puede causar estragos.
Más allá del uniforme, Aliseda abordó también el uso de sistemas de ionización que ayudan a neutralizar las partículas suspendidas en el aire. Estos equipos, al emitir iones de carga opuesta, permiten que los contaminantes “caigan” por gravedad, mejorando drásticamente la limpieza ambiental.
Experiencias compartidas durante el webinar mostraron cómo, al integrar uniformes disipativos y tecnología de ionización en puntos estratégicos como esclusas o vestidores, se logró una reducción significativa en el conteo de partículas. “No es magia, es física aplicada con conocimiento”, resumió el experto.
La bioseguridad industrial no debe dejarse a la intuición ni a soluciones genéricas. Cada entorno tiene requisitos específicos que deben atenderse con diseño técnico, normativas claras y productos certificados. Elegir el uniforme correcto es parte de una cultura de prevención que impacta la calidad final, la salud del usuario y la eficiencia operativa.
Desde salas blancas hasta quirófanos, el uniforme ya no es solo parte del atuendo: es parte del sistema. Y cuando se trata de proteger vidas, equipos o procesos, esa “segunda piel” debe ser seleccionada con la misma rigurosidad que cualquier otro componente crítico de producción.
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